Luis Andrés Domingo Puertas / Historiador y arqueólogo

Entrada principal de la casa. Foto: Wikimedia

Podemos imaginar que aquella mañana de principios de marzo, los sirvientes de la casa se afanaban en disponer los últimos preparativos para el recibimiento. Y que también en las calles, se podía notar un nerviosismo inusual que, desde la plaza del mercado, iba extendiéndose hasta los límites del caserío, en cuyo extremo oriental se situaba la residencia de la familia Pantoja, la que iba a recibir el honor de alojar a Isabel y Fernando. Los vecinos, que comenzaban con los quehaceres cotidianos, se paraban unos a otros para comentar el tan esperado acontecimiento que, desde hacía días, había sido el tema principal de conversación. Además, en la población se vivía una cierta efervescencia por la presencia de los diputados de las provincias, procuradores de las ciudades y villas, así como todos los tesoreros, letrados y oficiales que tenían cargo en las Hermandades, que acudían a una Junta convocada por los reyes. La visita a la villa de los monarcas y de todas las personalidades que les acompañaban o habían acudido a su convocatoria, era un hecho tan extraordinario para las humildes gentes de la villa de Pinto, que no podían ocultar su curiosidad y su impaciencia por verlos, aunque fuera solo de lejos.

Si bien no hay confirmación fehaciente, la tradición nos cuenta que, con motivo de esa Junta, los reyes se alojaron en la que hoy se conoce como la Casa de la Cadena, por aquel entonces residencia principal de la familia Pantoja. Isabel y Fernando hicieron noche en el edificio y en agradecimiento y compensación por las atenciones recibidas por los acaudalados propietarios del inmueble, otorgaron derecho de asilo para que los perseguidos por la justicia, tras cruzar la cadena que se exhibía sobre la puerta principal, quedaran bajo protección de la Corona. El privilegio se mantuvo hasta el pasado siglo y está en el origen del dicho “vete a Pinto, entra en Pantoja, y dile al rey que te acoja”.

Fotografía del acceso al dinámico centro cultural Infanta Cristina.

Sin embargo, la actual Casa de la Cadena se remonta al siglo XVII y responde a la tipología de casas solariegas castellanas de la época. Se desconocen, por tanto, las características de la vivienda en el siglo XV en la que presumiblemente se alojaron Isabel y Fernando. La que podemos ver actualmente, tiene planta rectangular y se articula en torno a un patio central con columnas que sustentan una galería en la planta superior. Al edificio se accede desde la calle de la Cadena a través de un pequeño zaguán. Al exterior, las fachadas son muy austeras, de ladrillo visto, y disponen de ventanas con rejas en la planta baja y balcones en la alta. En el centro de la fachada principal, se dispone una puerta de acceso adintelada, recercada y rematada con piedra blanca, con una ventana sobre ella similar a las de abajo pero de menor tamaño.

En 1996, el inmueble fue adquirido por el Ayuntamiento de Pinto y, actualmente y desde el año 2004, es un dinámico centro cultural que cuenta con biblioteca, salón de actos, sala de conferencias y un museo etnográfico que muestra el modo de vida durante la primera mitad del siglo XX de una población principalmente rural. Del edificio original, sólo se han mantenido las fachadas de las calles de la Cadena e Infanta Isabel, así como la rejería de las ventanas y los balcones, habiendo sido reconstruido el patio con todos sus elementos (crujías, escalera, etc.), la bodega subterránea, y un cuerpo de edificio de doble crujía con fachadas a las dos calles antes mencionadas. El museo está dividido en dos áreas, ambas con acceso desde el patio, una de ellas en la planta baja y la otra en el sótano, donde se ha recuperado la antigua cueva-galería que tenía la casa.

Museo etnográfico en el interior de las instalaciones.

Este interesante edificio es uno de los pocos ejemplos de arquitectura popular que se conservan en Pinto y es el reflejo de una larga historia que conecta con acontecimientos de primer nivel en la historia de España. Es un ejemplo también de como un edificio histórico se incardina en el presente mediante su transformación en foco de cultura y guardián de la memoria colectiva.