Te llevaré a París –le dijo. Y ella le miró con incredulidad sorprendida, porque, aunque estaba acostumbrada a sus locuras, aquello era sencillamente un disparate. Al desviarse de la Autovía de Levante y coger la carretera de la antigua nacional en dirección a Fuentidueña de Tajo, el sol se adormecía sobre los campos como una bestia dócil en aquella tarde de principios del verano. Había llovido y, al pasar junto al antiguo castillo en ruinas, se divisaba un amplio panorama del valle del Tajo y, a sus pies, la última población del sureste de la Comunidad de Madrid, con su sencilla Iglesia Parroquial consagrada a San Andrés Apóstol.

Avanzaban sin prisa, en un silencio que lo decía todo, disfrutando gozosos del paisaje por la serpenteante carretera que descendía hasta el pueblo y luego, en línea recta, lo atravesaba hasta cruzar el Tajo por el puente. Al detener el coche en la alameda, él se giró hacia ella y le dijo casi susurrando: bienvenida a París, mi amor, voy a contarte  una historia. El sol rozaba ya las melancólicas cimas de los álamos y, junto al rumor del río, la umbría era un frescor turbio que descendía sobre los cuerpos y dejaba paso a la conversación en las mesas de los merenderos.

El puente de Fuentidueña de Tajo en toda su extensión.

No sé si sabes –dijo él– que, en la construcción de este puente, tuvo algo que ver el mismísimo Eiffel, el de la torre, el que diseñó el que hoy es el icono de la ciudad del amor. Si cierras los ojos, puedes escuchar el rumor del Sena entre los pájaros. Aquí, perdido en este regato del río Tajo, se levantó este puente para sustituir el anterior, colgante, que el General Prim utilizó en su huída y luego destruyó tras el frustrado alzamiento contra Isabel II del 3 de enero de 1866. De hecho, Fuentidueña siempre fue paso obligado para vadear el Tajo en el trayecto hacia Levante y, antes que el puente, una barca servía para cruzar el río a viandantes, ganados y comercios, cuando la Orden Militar de Santiago dominaba estas tierras y se beneficiaba del cobro de los derechos de paso.

Es curioso, pero siempre me haces viajar en el tiempo, y ahora, además, me has traído un pedazo de París hasta esta orilla del Tajo. Anda, sigue contándome más cosas –le dijo ella, mientras se acomodaba sonriendo en su regazo. Pues verás – continuó él–, tras la destrucción del puente colgante por las tropas de Prim, el gobierno inició los trámites para construir uno nuevo, más resistente que el anterior. El actual puente, restaurado en 2001, es un magnífico ejemplo de arquitectura civil en hierro de finales del siglo XIX. Pero fíjate, no es cierto que fuera Eiffel el ingeniero que diseñó el puente, como suele creerse, aunque algo tuvo que ver indirectamente en su construcción. La realidad es que el proyecto fue redactado por el ingeniero español José de Echevarría y la construcción la ejecutó entre 1868 y 1871 la compañía francesa Eng. Imbert et Cie., una empresa a la que estaba vinculado Eiffel, el de la torre. Como puedes ver, es un puente muy funcional y sin alardes ornamentales, de los que se llaman “de palastro”, que es como se conocía a los puentes fijos de hierro, de tramo recto  compuestos por dos o más vigas, que en algunos casos, como este, disponían de una celosía a modo de protección lateral.

Dos detalles de su estructura.

Es curioso que los caprichos del paso del tiempo hayan hecho que hoy lo veamos con otros ojos y nos parezca hermoso, recordándonos que la modernidad de entonces es la historia del ahora. Pero, míralo, ahí sigue, casi un siglo y medio después, sirviéndonos para cruzar este río y para traernos aquí, a este recuerdo lejano de París, de aquella torre tan bella, cuya sombra llega hasta aquí y nos permite  viajar en el tiempo.

 

Panorámica del puente y su atractivo entorno.

Luis Andrés Domingo Puertas / Historiador y arqueólogo